Ya desde el mismo siglo XVI se hablaba de la relación entre El Escorial y el Templo de Salomón, pero casi siempre mirando sólo los aspectos simbólicos. Desde su juventud en los Países Bajos, Felipe II era comparado en prudencia y sabiduría con el rey hebreo, con el que compartía el título de rey de Jerusalén. El rey era un «prudente Salomón», «Salomón Segundo», fue nombrado rey en vida de su padre, como en otro tiempo David al hacerse mayor quiso hacer con su hijo, aparecía en vidrieras y cuadros de tema salomónico, etc. Los cronistas de la época señalaron desde entonces este simbolismo, a la vez que se diluían en discusiones sobre comparaciones entre el tamaño del Templo de Salomón y El Escorial, o sobre sus diferentes costes, como hacía Sigüenza.
Pero el asunto clave que aquí tratamos es el paralelismo entre la arquitectura del Templo y el Monasterio. Los historiadores modernos se limitan a señalar los parecidos del monasterio con la reconstrucción del Templo de Ezequiel que Villalpando publicó ya terminado El Escorial. Mi propuesta plantea un nuevo enfoque arquitectónico y de fuentes. En realidad hubo tres proyectos diferentes para el Templo de Jerusalén: el de Salomón (965 a.C.), el de Herodes (contemporáneo de Cristo, realizado en estilo clásico durante la dominación romana) y el de Ezequiel (grandioso, pero nunca construido). El Segundo Templo, descrito en los escritos del «olvidado» historiador romano Flavio Josefo (ca. 90 d.C.), pero no por la Biblia, se consideró tras el Concilio de Trento una fuente heterodoxa, sobre todo porque los judíos y protestantes lo usaban para discutir las Sagradas Escrituras.
Los parecidos entre este Segundo Templo y la parte del convento de El Escorial son extraordinarios. Sus medidas y modulación coinciden midiéndolo en codos hebreos, según los tomaba Herodoto. El esquema arquitectónico (la «Traza Universal») es prácticamente idéntico en su mitad Sur: cuatro patios de servicios en forma cruciforme, separado por una escalera de un patio mayor, donde vivían los sacerdotes. Las torres también coincidían, antes de que Herrera las simplificara y añadiera la biblioteca encima de la entrada. La transición de este esquema al definitivo fue explicada por Chueca, pero relacionándola con las necesidades funcionales del convento.
Y sin embargo, El Escorial no puede considerarse simplemente como una «reconstrucción» del Templo de Jerusalén. El prototipo bíblico -modelo de la arquitectura perfecta, ya que se suponía diseñado por el mismo Dios- se comportó más bien como un esqueje, un motivo de inspiración al que recurrir en busca de formas, ideas y símbolos. Las necesidades reales del particular programa de Felipe II (iglesia, convento, tumba, palacio y, más adelante, colegio y biblioteca), el estilo arquitectónico de la época y los problemas estructurales y de replanteo en una obra de esa magnitud impusieron otras necesidades. La «idea» original se fue difuminando para renacer al final de la obra con las estatuas del Patio de Reyes, donde David y Salomón subrayaron para siempre la relación entre el belicoso Carlos V y el sabio Felipe II.

1) Hipótesis del autor: el Santuario del Segundo Templo de Jerusalén, dentro del Atrio de los Sacerdotes, según la descripción de Flavio Josefo. En la parte inferior, sus cuatro atrios de servicios (Atrium culinarii). 2) Hipótesis de Chueca: la arquitectura del Santuario hebreo no vale como Basílica, que el arquitecto italiano Francisco Paccioto copia de la traza del Vaticano. Para solear el Patio del Convento la iglesia debía situarse al norte del mismo (dejando la «cicatriz» del Templete de los Evangelistas). Sin embargo, la forma del Santuario es perfecta para el Palacio Privado del Rey. Éste abraza el presbiterio, como en Yuste, para seguir la misa desde la cama. 3) Traza definitiva de El Escorial: para recuperar la simetría perdida, se diseña un Palacio para alojar a la Corte y un Seminario para las nuevas generaciones de monjes, siguiendo el esquema de patios del Convento. |
